12/7/16

Hagan Lio



Por Javier Joison

Messi era hasta aquí el exponente de un estilo de personalidad que no logra identificar la matriz pasional de los hinchas o simpatizantes argentinos en ninguno de sus gestos o sus conductas.



Ahora descubrimos que es humano y eso es inaceptable e intolerable para un “distinto”. El fútbol es un gran negocio, el deporte cultural de los argentinos, el espectáculo que más se identifica con los sentimientos de nacionalidad en casi todos los países del mundo y donde las argumentaciones todo lo justifican.

El ambiente que lo envuelve en todas sus manifestaciones influye poderosamente en necesidades y exigencias que exceden el juego, la competencia deportiva y funda un imperativo de éxito que impone a todos ser los mejores, como lo dice su lógica más primitiva: “los segundos son los mejores de los peores”.

Y que sucede cuando alguien como nosotros, insisto, de los nuestros, llega a ser el mejor en su especialidad a nivel global, entonces todo se magnifica exponencialmente. A partir de allí, lo bueno y lo malo toman una dimensión superlativa.

Messi no es un “genio”, es un “fuera de serie”. Y como tal, debe ser aceptado, valorado y reconocido como al resto de los humanos en nuestra singularidad e identidad.

Y falló un penal. Y lloró. Y reconoció un límite. Y nos dijo que lo intentó muchas veces y no lo logró. Y que no pudo. Y renunció…

Nos “devolvió la pelota” con un pase preciso en tiempo y espacio, con la maestría que lo hace un distinto, haciéndose cargo a partir de ahora de su realidad y no dejándonos otra alternativa que la de hacernos responsables de la nuestra una vez más. Cómo asumimos la derrota sin él?

Qué le pide la sociedad al diferente?

No era qué quien obtiene dinero, reconocimiento o poder lo tiene todo?

Y una vez más…algo no salió como se esperaba.

No se tuvo conciencia hasta que fue tarde que la perdida no fue la de la Copa América una vez más ante alguien que efectivamente la ganó, sino a Messi, al diferente, al que no le encontramos otra forma de que nos de más aún de lo que podía. Y algo cambió.

Nos sacudió con su angustia corriéndose bruscamente de un lugar que se le hizo intolerable con una invitación a hacernos cargo como él de nuestra singularidad, ejerciendo su derecho a ser solamente líder de su propia vida y no de un equipo ni de los resultados que todos le exigimos, ni víctima de la de nadie, sea quien sea.

Y estamos en plena transición partiendo desde la negación del rol de “jueces implacables” que se ostentó hasta el momento del desenlace inesperado del renunciamiento, a salir lo más disimuladamente - sin ser identificados - de la selfie de los “verdugos” a los que nadie quiere y encima del “mejor” de los nuestros en cualquier disciplina.

Así fue con San Martín y su autoexilio, Belgrano y su final solitario en la pobreza, Piazzolla y el hábito del descrédito como forma de reconocimiento, Favaloro y el balazo del final y hasta Borges inclusive que eligió descansar de nosotros en Suiza, entre tantos otros.

La angustia de Messi nos obligó seguramente sin buscarlo él, a desafiar nuestros pensamientos y viejos paradigmas, a no poder “poner la pelota afuera”. Siempre somos nosotros.

Me pregunto qué lección nos dejará este momento? Y se me ocurre que antes que el tema se agote por saturación de multiplicidad de voces opinando, hay dos niveles en los que podemos profundizar: el ámbito del error y el del liderazgo.

Respecto al primero, a todos nos toca vivir historias difíciles y complejas, inexorablemente. Quizás se deba simplemente a estar capacitados para reconocerlas, sobrellevarlas y entonces ver en la dificultad la oportunidad. En esto creo profundamente.

Eso mismo pasa al emprender, las personas que se animan lo intentan, fallan y experimentan, en definitiva van construyendo conocimiento. Nos han educado para no fallar y el error tiene mala prensa.

Cuando se va en busca de lo perfecto o más aún se exige, además de falso, crea un modo obsesivo que aleja la posibilidad de lo nuevo y de la sorpresa. La vida es un proceso sucesivo de errores que nos van convirtiendo en mejores personas. Cuando pasan los años y miramos atrás, vemos que nos hemos sobrepuesto a temores e inseguridades al igual que las que Messi debió enfrentar hasta llegar a ser el “diferente” más conocido del planeta.

Cada año que pasa, aunque a veces no lo creamos, logramos convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos, más inteligentes, agudos y humanos. Pero eso no nos habilita a ser auditores de la equivocación del otro.

Y respecto al liderazgo, veamos si hasta aquí hemos estereotipado a los líderes que construimos y aprendemos de una vez que simplemente son personas que encuentran pasión en el desafío, en la gestión o el crecimiento de un proyecto, empresa, organización o comunidad.

Pero reconozcamos que somos nosotros quienes nos encargamos de ponerles trajes de “invencibles” y terminan siendo estas las vestiduras que erosionan la base de su verdadera capacidad.

En la actualidad, los nuevos referentes no temen mostrarse vulnerables, hacen transparente lo que son y cómo son, con sus fortalezas y dudas, con su valentías y sus miedos. Citando al Papa Francisco con su histórica frase “hagan lío” me quedo pensando si no lo hicimos a nuestra forma…pero con Lío.

Una vez más, los invito a conversar sobre esto.

www.javierjoison.com

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