27/5/20

Michael Jordan: ¿qué lo convirtió en un competidor imparable?



Por Carlos Nava Condarco

La historia de Michael Jordan, posiblemente el más talentoso de los jugadores de baloncesto de todos los tiempos, es un registro increíblemente valioso para comprender los secretos (casi misteriosos), de la competitividad humana y el afán de alcanzar la mejor versión de uno mismo.



Más allá del mito y el culto a la personalidad, la vida deportiva de Michael Jordan es una oda al espíritu competitivo. Una representación factual de éxito en el proceso de alcanzar metas y vencer desafíos. No vale la pena analizar su historia solo desde la óptica del genio o el talento, porque finalmente el mundo está lleno de personas virtuosas y de dones excepcionales. La lección de su vida deportiva tiene un título: competitividad.

El talento no concluye, necesariamente, en la construcción de un destacado perfil competitivo. El conocimiento, la propia actitud y el trabajo intenso no lo garantizan. La competitividad es una mezcla delicada y armoniosa de todo ello, una sinfonía de dones, disciplina, esfuerzo, experiencia e instinto, hilvanada en una disposición mental muy particular.

Michael Jordan compitió y venció prácticamente todas las justas en las que estuvo involucrado: campeonatos, records, estadísticas, probabilidades adversas, crisis, fatiga y dolor. ¡Los hechos son impresionantes! Y vale reiterar esto: son hechos. Porque finalmente sólo ellos pueden sujetarse a juicio.

Una de las fuentes más útiles para estudiar la naturaleza de la competitividad de Michael Jordan y otros perfiles parecidos, es Tim Grover, su preparador físico personal y autor del libro “Relentless. From good to great to unstoppable” (Implacable: de bueno a grandioso e imparable).

Grover pudo conocer de cerca la carrera profesional de Jordan, y se pasó el trabajo de conceptualizar ésa “misteriosa” estructura de pensamiento, emoción y sacrificio que diferencia el desempeño del individuo extra-ordinario, el distinto, el incomparable. La leyenda. Su descripción es grandilocuente en muchas instancias, pero es entendible, porque precisamente así son estos personajes. Por otra parte, sus consideraciones no dejan a un lado a nadie. Todos pueden seguir un curso similar en sus vidas personales y profesionales, todos. Solo es cuestión de entender ciertas dinámicas y estar dispuestos a sufragar el costo que ello representa. “Ralentless” es un libro que expone experiencias de lo que puede considerarse el Olimpo de las personas competitivas. Obviamente pocos residen allá: atletas, algunos militares de fuerzas especiales, grandes pensadores, científicos, inventores, ciertos directores de empresas y poco más.

¡Lo mejor de lo mejor!

Grover clasifica esta élite de la siguiente manera:

• Competidores buenos (los llama “Coolers”)

• Grandiosos (“Closers”)

• Imparables (“Cleaners”)

Los tres grupos son ya una franca minoría en la población general, el conjunto en sí mismo es una élite, porque el parámetro inferior (los competidores “buenos”, en este caso), constituyen el nivel superior de una población común. En esta lógica, Michael Jordan es un profesional Imparable (Cleaner), y los motivos se entienden bien en las descripciones y diferencias que cada grupo de profesionales tiene.

Los profesionales Buenos, afirma Grover, son cuidadosos. Esperan que se les diga qué hacer, observan inteligentemente lo que realizan otros y luego siguen al líder. Son facilitadores, operadores, no necesariamente personas que toman decisiones. No adoptan posición en algo a no ser que sea vean forzados a ello. Pueden manejar ciertos niveles de presión cuando las cosas van bien, pero cuando todo se vuelve intenso “transfieren” el problema a alguien más. Pueden hacer un gran trabajo, pero no son finalmente responsables de los resultados. Son las personas que mantienen el sistema funcionando hasta que los profesionales grandiosos (Closers) o imparables (Cleaners) toman control de los asuntos.

Los profesionales Grandiosos por otra parte, pueden manejar grandes dosis de presión. Conseguirán los resultados esperados si se les dice expresamente qué se necesita que hagan. Estudiarán una serie de escenarios para poder anticipar lo que llegue pero se sentirán incómodos cuando suceda algo inesperado.

Estos profesionales buscan atención y crédito por lo que hacen. Están muy conscientes de lo que efectúan los demás y lo que piensan de ellos. Aman las recompensas y beneficios asociados al prestigio o la fama, y escogerán seguridad financiera por encima de la victoria o el éxito.

Los profesionales Imparables, dice Grover, son pocas veces entendidos, y ellos lo prefieren así.

Las explicaciones de ésto son las siguientes:

Primero:

Los Buenos profesionales pueden tener “buenas” jornadas de trabajo. Los profesionales Grandiosos tienen gestiones o temporadas enteras de buen trabajo y resultados. Los profesionales Imparables tiene increíbles carreras: toda una vida profesional de éxitos y resultados.

Segundo:

Los profesionales Buenos se preocupan de calibrar bien la competencia que enfrentan, para hacer prevalecer los actos propios con seguridad y cierta garantía. Los Grandiosos estudian la competencia y planifican sus acciones basados en ella. Hacen lo que debe hacerse para ganar las justas. No insisten en aplicar criterios propios a pesar de lo que dicten las circunstancias. Los profesionales Imparables consiguen que la competencia los estudie a ellos. No les interesa con quién se enfrentan, saben que pueden manejar la situación con cualquiera (en esto el perfil de Michael Jordan se distingue).

Tercero:

Los Buenos profesionales evitan tomar decisiones difíciles. Los Profesionales Grandiosos las toman si existe probabilidad de alcanzar buenos resultados. Los Imparables simplemente confían en su instinto y toman las decisiones. No tienen que pensar mucho en ello.

Cuarto:

Los profesionales Buenos no se ofrecen a tomar un rol o tarea en la que se sientan incómodos. Los Grandiosos tomarán la tarea si se les solicita, y lo harán bien si tienen el tiempo suficiente para prepararse y estudiar la situación. Los Imparables no esperan que se les pregunte, simplemente lo hacen.

Quinto:

Los profesionales Buenos dejan que otros decidan sobre el éxito del trabajo hecho. Esperan la aprobación. Los profesionales Grandiosos se sienten exitosos cuando el trabajo se ha hecho. Los Imparables nunca sienten que han alcanzado el éxito, porque siempre hay algo más por hacer (Michael Jordan terminó compitiendo consigo mismo).

Sexto:

Los Buenos profesionales no siempre quieren hacerse cargo del equipo y dirigirlo. Pero son personas que reconocen el trabajo y motivan a los demás. Los profesionales Grandiosos buscan el crédito por hacer el trabajo como corresponde. Aprecian mucho que se les congratule por lo que han alcanzado. Si para ello es necesario dirigir equipos de trabajo lo hacen perfectamente bien, pero siempre buscan capitalizar el reconocimiento por el éxito alcanzado. Los profesionales Imparables raramente felicitan a alguien por hacer su trabajo. Simplemente esperan que lo haga.

Séptimo:

Los Buenos profesionales quieren tomar protagonismo o liderazgo, pero cuando lo tienen lo manejan con dificultad. Los profesionales Grandiosos toman el protagonismo con eficiencia porque necesitan mostrar a todos quién se encuentra a cargo. Los profesionales Imparables no necesitan demostrar a nadie que están a cargo. Todos lo saben con antelación.

Los profesionales Grandiosos pueden ganar la partida si se les presenta la oportunidad, pero el profesional Imparable crea la oportunidad. Los Grandiosos pueden ser las estrellas del equipo, pero los Imparables los dirigen en el trabajo para que puedan conseguirlo. Un profesional Imparable no precisa que nadie le recuerde lo que debe hacer, todos los demás sí lo necesitan. Analizar y evaluar estas diferencias permite entender el carácter competitivo de los excepcionales: los mejores entre los mejores. Ésa es en parte la explicación de un perfil como el de Michael Jordan.

Adicionalmente, Grove plantea 13 particularidades del profesional Imparable. Por criterio metodológico acá se citan por número, aunque Grover insiste en que ninguna de las particularidades es más o menos importante que las otras. 1.- El profesional Imparable se exige a sí mismo cuando todos los demás ya tuvieron demasiado.

2.- El profesional Imparable ingresa en “la Zona” (explicaremos esto luego), cuando desarrolla su labor más destacada. Silencia todo lo demás y controla lo incontrolable.

3.- Sabe exactamente quién es. Reconoce sus fortalezas y debilidades, virtudes y defectos. No se engaña a sí mismo.

4.- Tiene un “lado oscuro” (también lo explicaremos luego), que se resiste a ser corregido o enmendado.

5.- El profesional Imparable no se intimida por la presión. La utiliza para alcanzar mejor desempeño.

6.- Cuando todos los demás buscan “salidas de emergencia”, es al profesional Imparable a quién se dirigen.

7.- El profesional Imparable no compite con nadie, encuentra las debilidades de su oponente y ataca.

8.- Toma decisiones, no hace sugerencias. Sabe las respuestas cuando todos los demás recién se hacen las preguntas.

9.- No ama necesariamente el trabajo, pero es adicto a los resultados.

10.- Prefiere ser temido a gustar al resto de la gente.

11.- Confía en pocas personas, y es mejor que ninguna de ellas le falle nunca.

12.- No reconoce el fracaso. Sabe que siempre existe más de una manera para obtener lo que se busca.

13.- El profesional Imparable no celebra sus logros, porque siempre quiere más.

Basta hacer un ligero estudio de las carreras profesionales de personas como Michael Jordan para comprobar el fundamento de estas particularidades.

Existen 3 aspectos interesantes en la lógica que Grover plantea sobre el profesional Imparable:

1. El concepto de “la Zona”

2. La interpretación y gestión del “lado oscuro” de la personalidad

3. La necesidad de “no pensar” y actuar en términos de reflejos condicionados desarrollados en un entrenamiento intenso.

El concepto de “la Zona”

Este es el aspecto eminentemente mental del desempeño de un profesional Imparable. El momento de concentración absoluta. Cuando se hace abstracción de todo factor externo y se desarrolla la tarea como nadie más puede hacerlo.

Cuando el profesional Imparable ingresa en “la Zona” se distingue de todos los demás.

Es la capacidad de no sentirse alterado por las variables del entorno, sean éstas positivas o negativas. La mente silencia todo lo que no esté relacionado con las acciones que se deben efectuar. No hay objetivos particulares, tampoco dudas o procesos reflexivos que lleven a vacilaciones.

Silencio, quietud, oscuridad periférica, soledad. Ésas son las particularidades de “la Zona”. Una abstracción completa del entorno para generar las condiciones de la acción profesional. Enfoque, concentración mental.

La capacidad de entrar en “la Zona” se puede desarrollar.

En realidad es parte de la preparación competitiva. El profesional Imparable sabe que los mejores recursos se encuentran en su interior. Posee los conocimientos, habilidades y destrezas. Lo único que hace al ingresar en “la Zona” es asegurarse que nada interfiera con el desarrollo de lo que está preparado para hacer.

Grover va un paso más allá en la descripción de este proceso. Afirma que el requisito no consiste solo en ingresar en “la Zona”, más bien en la posibilidad de permanecer en ella el mayor tiempo posible. Cuenta que Michael Jordan se mantenía allí desde momentos previos a un partido hasta más de 90 minutos después que éste hubiera terminado. Mientras otros jugadores profesionales ingresaban a “la Zona” por destellos, Jordan lo hacía por periodos largos de tiempo, garantizando así la supremacía sobre los demás. El concepto de “la Zona” es muy interesante. Vale la pena analizarlo con detenimiento y hacerlo parte de cualquier desempeño profesional distinguido.

El lado oscuro de la personalidad

Todas las personas tienen un “lado oscuro”. Uno en el que se manifiestan las cosas de la personalidad que no se consideran las mejores, al menos en términos de lo que constituye el reconocimiento y la interacción social. Habitualmente las personas interactúan con ése su “lado oscuro” solo en la intimidad. Y en otros casos hacen esfuerzos notables para erradicarla de su personalidad.

Grover sostiene, sin embargo, que el profesional Imparable no solo admite y asume la existencia de su “lado oscuro”, también lo utiliza como energía vital para alcanzar mayores cotas en su desempeño. Las personas en general, dice Grover, son criadas bajo la premisa que el individuo nace “malo” y es necesario corregirlo. La educación convencional se ocupa de eso, tanto la que se proporciona temprano en el hogar como la que provee la Sociedad en todas las etapas de la vida. Se enseña a las personas a ser esencialmente “buenas”.

Esto, afirma Grover, mutila instintos poderosos. Instintos que pueden canalizarse para alcanzar objetivos difíciles de lograr de otra manera. Energía natural, intuición, acción instintiva. Producto de la educación convencional y sus condicionamientos, las personas terminan haciendo aquello que se les enseñó. De esta forma pierden originalidad y distinción. Se privan de condiciones naturales que los pueden hacer destacar sobre los demás. Un ejemplo de esto es el león cuando persigue su presa. La acecha, ataca y mata a voluntad. Luego se concentra en la próxima. Eso es lo que sus instintos le dictan, él no conoce nada más. En este sentido no se está comportando mal, está siendo simplemente lo que un león es. Lo mismo sucede con un león en cautiverio. Allí permanece quieto, letárgico, bien alimentado. ¿Qué pasa con sus instintos? ¡Siguen allí!, en lo profundo, esperando ser liberados. Cuando sale del cautiverio, vuelve a ser un león de nuevo.

Muchas personas, dice Grover, son como el león en cautiverio. Están a salvo, son mansos y dóciles, predecibles, esperando que algo suceda. Pero en el caso de los humanos el cautiverio no está compuesto de barras de vidrio o metal, está hecho de malos consejos y baja autoestima. Reglas absurdas y pensamientos opresivos acerca de lo que se supone que pueden hacer. Todo esto modelado a lo largo de una vida. Pensando y analizando todo a profundidad, preocupándose por lo que podría salir mal.

Pero los instintos están allí, ahora mismo y siempre. Esperando una llave que les permita salir del cautiverio.

¿Se puede ser razonablemente exitoso solo siguiendo directrices establecidas y manteniéndose en el margen de lo aceptable? Grover asegura que sí, pues eso es lo que hacen la mayoría de las personas. Pero si se trata de ser un profesional de élite, uno Imparable, se tiene que aprender a colocar a un lado todo lo que se aprendió, todas las restricciones y limitaciones, la negatividad y la duda.

Un ejemplo simple y directo de esto es la respuesta que el boxeador Leon Spinks dio cuando se le preguntó qué hacía para vivir: “Noqueo bastardos, éso hago”. Así de simple. Instinto natural.

Todo lo que la persona necesita se encuentra en su interior. Todos están naturalmente conectados con instintos y reflejos especialmente diseñados para triunfar. No se tiene que pensar acerca de ellos, puesto que siempre están trabajando. La necesidad de no pensar y actuar en términos de reflejos condicionados

El profesional Imparable debe desarrollar sus destrezas y actos hasta el punto que sean reflejos condicionados. Actos que no demanden reflexión.

Reflejos, porque responden a procesos instintivos. Condicionados, porque son producto de la práctica y del entrenamiento minucioso. Cuando se arroja una pelota a la cara a una persona, no se activa ningún proceso reflexivo para esquivarla o bloquearla, simplemente se actúa. Eso es un reflejo. Una acción rápida y de alta calidad que nunca sería mejor si fuese planificada.

Este mismo proceso debe extenderse a todos los actos profesionales cuando se busca tener un desempeño incomparable. Así lo hacía Michael Jordan cuando lanzaba una bola al aro faltando escasos segundos para que el juego finalice. No pensaba, ni siquiera veía el aro. Lanzaba el balón como lo había hecho miles de veces en prácticas y entrenamientos: un reflejo condicionado muy eficaz. La activación de estos reflejos demanda que no se piense. En el hecho mismo de pensar se encuentra la debilidad, y la posibilidad que la acción no tenga la calidad que, por esencia, posee.

No pensar es un hecho contra-intuitivo, y una acción “irreflexiva” solo puede tener éxito cuando se la ha practicado de tal manera que se vuelve una respuesta natural. Esta es una sugerencia muy interesante para el desempeño profesional. Involucra experiencia, pero principalmente práctica constante, trabajo brutal. Éste tipo de rendimiento no responde a genialidad, solo a repetición consciente y disciplina. A confiar en los instintos y no pensar, o al menos no hacerlo más de la cuenta.

Las respuestas están en el interior

Las personas no cambian, dice Grover, pueden hacer millones de dólares o perderlos. Conseguir una promoción o perder su empleo. Engordar o bajar 20 kilos. Pero son la misma persona, exactamente la misma. Puede alterarse el entorno, conyugues y carreras, pero se sigue siendo la misma persona. Todo intento de cambio en éste sentido es solo una conquista temporal, tarde o temprano se retornará a la naturaleza esencial. Sólo cuando se mira al interior se observa lo que es real. Cuando se mira afuera sólo se ven imágenes y lo que la gente quiere mostrar. Una visión distorsionada de la realidad. El secreto de la excelencia y la prodigiosa competitividad es básico: desapegarse de la presión y expectativas externas para ser, simplemente, uno mismo.

No es fácil, y no tiene porqué serlo. Si lo fuera todo el mundo lo haría.

Muchas personas empiezan cosas pero pocas son capaces de terminarlas, ¿por qué?, debido a que no confían en ellas mismas para llegar hasta el final. Piensan en todo lo que podría ir mal si se equivocan, vacilan ante las opciones que se les presentan, escuchan a otros en lugar de oírse a sí mismos.

Cualquier persona puede tener una gran idea. Pero es lo que se hace respecto a ella lo que define a las personas. En un profesional bueno la idea viaja desde el cerebro hasta la boca. Él debe hablar acerca de ella, discutirla, compartirla con otros para enriquecerla y aprobarla. En un profesional grandioso la idea viaja un poco más lejos, conecta con sus instintos. pero también con su corazón. Y cuando la idea se contrasta con emociones y pensamientos, todo se vuelve más lento. En un profesional Imparable sin embargo, la idea se conecta con los instintos y se pone de inmediato en acción.

Ésta es la distinción entre un profesional grandioso y un Imparable. El primero piensa acerca de lo que quiere, el segundo lo siente. El profesional grandioso le dice a su corazón el resultado que espera recibir, en tanto que el corazón de un profesional Imparable decide por su cuenta, no piensa acerca de ello. Tiene confianza total en sus instintos.

La distancia del fracaso (o la victoria “promedio”), al éxito grandioso, es ése milisegundo entre pensar “¿puedo hacerlo?” y no pensar nada en tanto se actúa con total confianza.

Cuando se es un profesional grandioso se confía en los instintos. Cuando se es Imparable, los instintos confían en uno.

Todo lo descrito deja de ser solo prosa cuando se estudia el comportamiento profesional de individuos como Michael Jordan. Hay mucho que aprender en ello, pero no solo desde el ángulo de la genialidad o la admiración, más bien desde la necesidad de conocer las dinámicas que orientan sus actos y emular el tremendo trabajo que hacen para ser extra-ordinarios.

Publicado en elstrategos.com

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