1/7/20

El arte de la oratoria



Por Mariano Rovatti

Cuando hablamos de oratoria, pensamos en artistas, dirigentes políticos, docentes, líderes de proyecto, expositores, conferencistas, periodistas, líderes religiosos y cualquier persona que tenga que hacer una presentación pública. Pero la oratoria la usamos a diario: una conversación con nuestra pareja, una reunión de trabajo, una venta, un recordatorio o un audio de whats app son ejemplos del uso diario de la oratoria en ámbitos más privados. Veremos cómo hacerlo de manera poderosa en todos los escenarios. Lo expresado aquí es utilizable en todos ellos.



Antes de la presentación, conviene planificar lo que se va a decir, teniendo en cuenta el tiempo disponible, quiénes serán oyentes, la dimensión del auditorio y la finalidad de la exposición. Si ésta va a incluir la utilización de recursos tales como micrófonos, diapositivas, pizarras o equipos de audio, verificar que todo funcione correctamente, y quién se va a ocupar de operarlos.

Fruto de dicha planificación, conviene establecer un orden para la exposición: una introducción, en donde buscaremos despertar la curiosidad del oyente; un desarrollo en donde desplegaremos todas las herramientas que manejamos, tales como la exposición oral, diapositivas, videos, audios, música o testimonios y la participación del público a través de preguntas (formuladas al y por el auditorio), juegos de roles o situaciones imaginarias; y un cierre, con una conclusión que genere un impacto, ofreciéndole al oyente algo para que se lleve. Generalmente, se recuerdan más la introducción y el cierre que el desarrollo, por lo que el foco del impacto tiene que ponerse sobre ambas.

La palabra es un recurso estratégico, pero para el que no está habituado a hablar en público puede ser obstáculo o una amenaza. Los miedos, en especial el temor al ridículo, pueden impedirnos de mostrar nuestra mejor versión. Además de revisar los juicios que nos llevan a sentirlos, podemos usar algunas técnicas como sentarnos los primeros minutos, tomar un vaso de agua o concentrarnos en la respiración antes de entrar a escena.

¿Para qué vamos a hablar? Siempre el objetivo de todo mensaje es generar un cambio o una transformación en quienes nos escuchan. Una modificación en sus opiniones, en sus expectativas y en sus acciones. Usamos el lenguaje no sólo para describir, sino para generar realidades diferentes. Partir de esta base es esencial para saber lo que vamos a comunicar y cómo hacerlo.

La oratoria no sólo es una técnica de difusión, sino que es una construcción compartida entre emisor y receptor, como parte de un proceso de transformación interpersonal.

Siempre tenemos que conocer lo máximo posible a quién le hablamos, siendo concientes de los filtros emocionales, culturales, sociales y generacionales que condicionarán la escucha del receptor. Cada frase que digamos tendrá tantas interpretaciones como miembros del auditorio.

Es fundamental definir desde el inicio cuál es el tema central, lo que queremos que quede en la memoria del oyente. Cuantitativamente, lo que se lleve el auditorio difícilmente supere el diez por ciento de todo lo que dijimos. No importa tanto la cantidad de cosas que digamos, sino la calidad con la que lo hagamos.

Y para ello, es fundamental hablarle al mundo emocional del auditorio. Si el mensaje se dirige sólo a la razón, el mismo carecerá de impacto y no será recordado. En la memoria no queda qué se dijo sino cómo se sintió cada receptor al escuchar lo que escuchó. Ese impacto se logra al anclar el mensaje con vivencias, nunca con teorías impersonales, poniendo énfasis en los diálogos internos que genera el mensaje, no en el contenido del mensaje en sí.

También se logra impactar cuando procuramos transmitir, no impresionar ni conmover. Y transmitimos siempre lo que somos, con autenticidad e integridad. Jamás lograremos impactar jugando un rol ficticio. Nuestro mensaje es un reflejo de nuestra esencia.

Es bueno transmitir un mensaje de optimismo o esperanza, más allá de la gravedad de los hechos que ocupan la exposición, ofreciendo una salida o un beneficio de manera clara y próxima. Buscar la empatía con el oyente y mostrar una solución al conflicto, que a éste le resulte conveniente.

Para llegar al auditorio, hay que evitar en lo posible tecnicismos o eufemismos. Optemos siempre por la forma más conectada al habla popular. Parafraseando al gran Jorge Luis Borges, ser “ciego” es preferible a “no vidente”.

Debe hablarse con claridad yendo directamente al grano. Con precisión, pero sin rigidez. Asimismo, la información que se transmita conviene hacerla de lo general a lo particular.

No vale la pena hablar de muchos temas en una sola exposición. Generalmente, nadie recordará más de tres. Además, conviene repetir durante aquélla las ideas fuerza, a fin de que queden en la memoria del auditorio.

La atención sostenida dura quince minutos como máximo. Por lo tanto, cada quince minutos hay que sacudir la atención del auditorio, apelando a las emociones a través de imágenes, recuerdos, anécdotas, dramatizaciones, metáforas o chistes.

Si la exposición se da en medio de un debate, no plantear al argumento propio como perfecto o inmejorable, y reconocer las razones del adversario. Usar los argumentos ajenos a nuestro favor, dándole nuestro matiz. No responder insultos, descalificaciones o ironías.

Cuando iniciamos una frase, pensarla sabiendo interiormente cómo va a desarrollarse y terminar, para evitar las muletillas tales como eeeehhh, nada, esteee. Hablar pausadamente, con aplomo y seguridad.

Comunicamos con todas las dimensiones del ser: además del lenguaje y de las emociones utilizamos nuestra corporalidad, apropiándonos del escenario. Caminamos a través de él, gesticulamos, dramatizamos y miramos a los ojos.

Tenemos en cuenta las disposiciones corporales básicas (resolución, flexibilidad, apertura, estabilidad y centramiento), eligiendo la más coherente con aquéllo que queremos transmitir. Ej: si queremos hablar de algo que motive o desafíe al auditorio, conviene hacerlo desde la resolución, o sea con el torso hacia adelante.

Usamos nuestra voz en todas sus posibilidades , con cambios de tono, respirando con el diafragma, cuidando la colocación y proyección de la misma, dándole matices, intensidad e intención.

Observando todos estos detalles seremos más poderosos en nuestra oratoria, pero nunca hay que olvidar que sólo transmitiremos lo que somos. Ser nosotros mismos es la primera y la última clave de toda comunicación.

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