9/7/19

Cómo afrontar las conversaciones difíciles



Por Mariano Rovatti

¿Qué son las “conversaciones difíciles”? Aquéllas que, antes de que se produzcan, nos generan malestar, ansiedad y preocupación acerca de lo que pueda ocurrir durante su desarrollo o luego de él. Por ello, solemos evitarlas o postergarlas, o abordarlas de forma ineficaz, a destiempo o de mala gana, siendo peor el remedio que la enfermedad. Veamos cómo hacerlas en nuestro beneficio.



Pedir un aumento salarial, hacer un reclamo a una autoridad, manifestar a nuestra pareja una disconformidad, expresar una decepción a un amigo, terminar con una relación….Cuántas veces no nos animamos, tiramos la pelota afuera, ganamos tiempo, y no abordamos el problema a través de una buena conversación.

Juzgar a una conversación “difícil” no es necesariamente porque nos falte coraje u oportunidades. Hay algo que no nos gusta, no nos interesa, no nos favorece, no lo queremos; y si nos quedamos quietos o inactivos, eso seguirá haciéndonos daño.

Corregir esa situación que juzgamos inconveniente es el para qué de una conversación difícil. Pero nos resulta difícil porque hay algo que tememos perder a partir de esa conversación. Puede ser una relación, un estado, un empleo, una condición determinada.

Por ello, lo primero es identificar qué es lo que queremos cambiar, y qué es lo que queremos conservar. Y saber que esa clasificación la vamos a formular desde nuestro particular y subjetivo mundo de creencias, paradigmas y modelos mentales. Todo se deriva de nuestros juicios, aun la ponderación como difícil de una conversación.

También es menester recordar que cuánto más posterguemos esa conversación, mayor será nuestra escala de inferencias interna. La conversación que no tenemos con el otro la reemplazamos por un intenso diálogo interior, que lejos de darnos paz, seguramente incrementará nuestra ansiedad. En lugar de escuchar los deseos, necesidades e intereses del otro, escuchamos la vocecita agitada de nuestro ser interno, que presupone en lugar de indagar.

Una vez que somos concientes de la dificultad de la conversación, de lo que queremos modificar y preservar, conviene diseñarla. Es decir prever el contexto y sus detalles: elegir el lugar, el momento, la agenda de temas, la forma de exponerlos. También tenemos que tener claro qué nos queremos llevar de esa conversación: una promesa, una aceptación, un acuerdo.

Tenemos que aceptar que existen distintas posibilidades de respuesta del otro: desde un compromiso acordado a una ardua negociación o incluso una pelea inevitable, y contar con los recursos necesarios para afrontar cualquiera de esas opciones.

Si la conversación nos lleva a negociar, saber claramente qué estamos dispuestos a conceder (lo que juzgamos más contingente) y lo que nos resulta innegociable (lo que nos parece más sustancial).

Durante el desarrollo de la conversación, es bueno recordar que nos motiva el ser efectivos, no el tener razón. Esto último, si se da, es una victoria inútil, que gratifica a la parte más ingenua de nuestro ego, pero no nos reporta beneficio real alguno.

Es clave que antes, durante y después de la conversación tengamos presente cuál son las emociones que pretendemos sirvan de marco para ella. Expresar las nuestras con franqueza y aceptar las del otro. Hacernos cargo que cada cosa que digamos será causa y efecto de nuevas emociones, propias y ajenas. Hablar con responsabilidad.

Si somos los promotores de la conversación, seguramente seremos quién la comience exponiendo nuestro parecer. Habrá un momento en que deberemos callar y escuchar. Con atención y humildad, para conocer realmente lo que le pasa al otro. Indagar, repreguntar, chequear hasta que no nos queden dudas.

Cuando tomemos la palabra, focalicemos nuestro discurso en las acciones, nunca en la persona que nos está escuchando. Evitemos la descalificación del otro, ubicándonos moralmente en una escala superior.

Hagamos un esfuerzo para fundamentar nuestras opiniones aportando datos, que hagan más objetiva y comprensible nuestra exposición.

Tendamos un puente para buscar la solución de manera conjunta, involucrando al otro en la decisión, a través de un acuerdo consensuado. Ello tiene más fuerza obligatoria que cualquier imposición fáctica.

Finalmente, agradecer y reconocer al otro por el esfuerzo hecho, por su disposición, más allá de haber arribado a una solución o no.

La experiencia me ha enseñado que la mayoría de las conversaciones difíciles lo fueron más en mi cabeza que en la realidad. Soltar las palabras necesarias para resolver una situación desfavorable siempre me resultó más productivo que urdir en silencio tácticas oscuras para imponerse al otro.

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