25/9/18

El miedo a ganar



Por Mariano Rovatti

Se jugaba el Abierto de Francia de 1993. En los cuartos de final de aquella edición de Roland Garros, se enfrentaban Gabriela Sabatini y Mary Joe Fernández. La tenista argentina venía avanzando de ronda en ronda dando impiadosas palizas a sus adversarias, y se perfilaba como la ganadora del certamen, lo que la acercaba a ser la número uno del mundo.



El juego comenzó conforme a los pronósticos. Sabatini materializaba su superioridad con un rápido y contundente 6-1, 5-1 sobre la dominicana-estadounidense. Tuvo cinco match-points, que desperdició, complicándosele el partido de manera increíble. Finalmente, luego de tres horas y media de batallar, Mary Joe se impuso 1-6, 7-6(7-4), 10-8 y llegó a la final, tras eliminar a la española Arantxa Sánchez Vicario. Finalmente, el Abierto fue para la alemana Steffi Graf.

Muchos especialistas destacaron que ese día Sabatini dejó de disfrutar el tenis para padecerlo, hasta el día de su retiro, que acaeció en 1996, con sólo 26 años. A través de su carrera profesional, logró 39 títulos, entre ellos el US Open de 1990 y los Masters WTA de 1988 y 1994, todos ellos en Nueva York. También fue medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988 y finalista de Wimbledon 1991 y el US Open 1988.

En aquella tarde parisina de 1993, la cátedra tenística sentenció que a Gaby la traicionó el miedo a ganar.

¿Qué pasó por la cabeza de Gaby durante ese fatídico partido? ¿Cuáles fueron las emociones que la dominaron? ¿Qué juicios se dispararon mientras le pegaba a la pelota? ¿Ella perdió el partido o fue mérito de su rival? ¿Ella se boicoteó a sí misma teniendo al alcance de la mano lo que en teoría anhelaba?

Sin ánimo de analizar lo que le pasó a nuestra mejor tenista de todos los tiempos, tomo el caso sólo para llevarlo a nuestra realidad de todos los días.

En todos nuestros ámbitos de vida, jugamos partidos a diario, que según nuestros juicios, los ponderaremos o no como instancias eliminatorias.

Nos pasa a menudo que queremos saltar de rango, porque no toleramos más una situación, o simplemente, porque deseamos algo más y mejor para nuestras vidas. Sentimos que un contexto de dificultades nos resulta un territorio familiar y conocido. Aunque deseamos cambiar, en sentido opuesto crece una emoción de miedo a lo desconocido. En el fondo de nuestro ser, percibimos una vocecita que nos susurra más vale fracaso conocido que éxito por conocer. Cada vez que queremos algo vamos a tener –objetivamente- resistencias en nuestro entorno, que se opondrá a que modifiquemos nuestro rol. Cada sistema que integramos –familia, trabajo, sociedad, etc.- funciona de determinada manera con cada uno de nosotros cumpliendo una función. Si alteramos nuestro rendimiento, el sistema también lo hace, y su primera reacción es intentar bloquear ese cambio.

Ejemplo de ello es cuando un miembro de la familia decide salir a trabajar, o un empleado se capacita para ser gerente, o dos empresas chicas se unen para competir con una más poderosa. Cada proceso de aprendizaje que desarrollamos afecta los intereses de quienes nos rodean.

Ahora, dentro nuestro existen mecanismos que validan esos juicios ajenos, haciéndolos propios. Y somos así funcionales a los deseos, intereses y necesidades de los demás.

Nuestros autoboicots nacen de reconocer autoridad en juicios maestros ajenos a nuestro plan de vida. Mandatos familiares, sociales, religiosos o consumistas o que nos señalan que el camino es por acá, a los que obedecemos sin cuestionar.

¿En base a qué nos conviene cuestionar esos modelos? Nuestra formación seguramente responderá a esos paradigmas, por lo que nuestra respuesta no se alejaría de ellos. Salvo que escuchemos nuestra voz interior.

Adentro de nuestro ser, gritan nuestros deseos, como el cautivo sepultado por una montaña de escombros. Para rescatarlo, hay que escuchar con atención y actuar en consecuencia.

Conectarnos con ese deseo es la forma de pasar por entre la maraña de juicios propios y ajenos limitantes. Aferrarnos a él nos dará la fuerza necesaria para apalancarnos hacia eso que consideramos nuestra victoria.

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