23/2/17

¿Para qué somos perfeccionistas?



por Mariano Rovatti

Uno de los paradigmas creados por el industrialismo es el de crear productos o servicios “perfectos”. Dentro de un modelo de producción en serie, que se basa en la optimización del tiempo y en la sincronización de acciones en circuitos prediseñados, la ausencia de errores es un valor llevado al extremo, que se ha extendido al resto de los ámbitos de nuestras vidas.



Para el mundo, no equivocarse es un bien en sí mismo, un capital, un mérito.

La perfección se la asume así como una característica de bienes y servicios que han llegado a un presunto punto máximo de calidad, un techo imposible de superar por sí o por terceros, lo que lo convertirá en un bien preciado y deseado por todos: el objeto ideal.

Así, ese criterio se va extendiendo y queremos aplicarlo a todos los órdenes de la vida. Sólo vale si es perfecto. Y si es perfecto, no se lo cuestiona. Es así y así debe ser.

Pero la perfección en sí es un imposible. Primero, porque no se la puede determinar. ¿Quién determina que algo es perfecto? ¿Puede haber patrones de calificación universales? Luego, porque toda idealización resulta inaccesible, dada la multiplicidad de factores que intervienen. Por ello, es que la perfección termina siendo una ilusión o un engaño.

La perfección define estándares inalcanzables, que al no poder ser alcanzados, genera decepción, angustia, insatisfacción. Además, al constituir un techo, también pone un tope al riesgo, la innovación y la apertura. No queda lugar para la experimentación.

Tampoco queda margen para el error, entendido así como un modo de fracaso. Y obviamente, tampoco queda la posibilidad de rehacerse de él, ni menos aún de aprender del mismo. El fracaso es un punto de llegada que pone fin a toda expectativa. Y el camino que lleva a él es un tramo apocalíptico repleto de amenazas. Por ello, nunca puede disfrutar de su camino, ni de sus llegadas.

El perfeccionista se pone metas inalcanzables e irreales, tanto por su magnitud como por el tiempo y esfuerzo necesarios para conseguirlas.

Habitualmente, vive en medio de emociones amenazantes: no se puede relajar nunca, y luego al no llegar a su ideal, se frustra. Siempre piensa en extremos: todo o nada. No deja lugar para las metas intermedias y graduales

En el perfeccionista subyace la creencia de que nadie lo aceptará si no logra determinado estándar. Ello le generará una sobrevaloración de la mirada ajena.

También suele ser poco activo: fruto de su constante insatisfacción, revisa todo una y otra vez, pospone decisiones y acciones porque siempre encuentra un detalle que lo frena. Así, se condena a sí mismo a una parálisis eterna.

Paralelamente, el modelo perfeccionista desalienta todo tipo de cuestionamiento a premisas ya definidas e impuestas. Ya la simple duda planteada como punto de partida es vista como un síntoma de debilidad

Quizás como consecuencia de la educación racionalista, aún hoy en nuestras escuelas se les inculca a los estudiantes que sólo existe una respuesta correcta para cada pregunta. Además, todas ellas se resumirán al final en un examen, que de ser resuelto correctamente con los datos que se le aportaron previamente, lo consideraremos aprobado.

En las organizaciones públicas o privadas, vemos cotidianamente que sus funcionarios o gerentes actúan presos del temor a equivocarse, pues temen a ser desalojados de sus sillas por cualquier error que les sea imputable.

Termina así siendo más importante cortar una cabeza que solucionar un problema, o diseñar una estrategia.

Cuando asumimos nuestras propias imperfecciones y las del contexto, nos eximimos del ideal de lo perfecto. Cuando rechazamos por falsa la promesa de perfección, somos libres, y capaces de mejorar constantemente lo que hacemos.

¿Podemos concedernos a nosotros mismos y a los demás un permiso para fallar? ¿Podemos probar nuestros proyectos en una versión que de antemano sea imperfecta e incompleta, para luego poderle hacer todos los aportes necesarios para que sea excelente? Detrás de ello, opera una concepción basada en que nada ni nadie está acabado ni definido, sino que siempre estamos en construcción, y nuestra evolución, y la de nuestras producciones, no tienen límites.

Exigencia y excelencia

El perfeccionismo está inspirado en un modelo de exigencia, y en la ilusión de que podemos controlarlo todo. La perfección es un mito en el que nos creemos dueños de engranajes infalibles, en la que todas las personas y hechos se alinean con nuestra planificación detallada y meticulosa.

La cultura estimula al perfeccionista, que suele ser funcional a determinados objetivos que le son ajenos. Se habla de alguien “exigente” con reconocimiento, más aún cuando se le agrega el prefijo “auto” adelante del adjetivo.

Pero este modelo es confuso y engañoso. La exigencia nos ahoga, nos limita, nos ciñe a pautas y modelos ajenos. Lo que muchos creen ver de bueno en la exigencia, está en otro valor: la excelencia.

La Excelencia no consiste en que absolutamente todo salga perfecto, ni que cada instante sea maravilloso. La excelencia es una actitud ante la vida, más allá de los resultados obtenidos.

Ser excelente es dar nuestra mejor versión de nosotros mismos. No es más que hacer lo mejor posible todo lo que hay que hacer, sin miedo a posibles decepciones ni frustraciones, porque de antemano somos concientes de que la adversidad y la incertidumbre forman parte de la vida

La excelencia es la demostración práctica de nuestros valores. Aquéllos que elegimos más allá de las circunstancias y de los resultados provisorios. En ella pondremos nuestra pasión y compromiso.

Cuando nos movemos con excelencia, por ley de atracción nos empezamos a relacionar con otras personas que se hallan impulsadas por la misma energía. Y allí puede fluir el resultado de nuestras excelencias, que operarán como causa y efecto a la vez a favor de nuestros deseos, intereses y sueños.

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