9/12/16

Proceso y resultado



Por Mariano Rovatti

La Argentina ganó la Copa Davis. Después de décadas de oscilar entre estar muy cerca de obtener el objetivo, y de perder la máxima categoría, el equipo nacional de tenis coronó un éxito luego un proceso sostenido y coherente. Una historia para tomar aprendizaje en lo personal, lo laboral y lo social.



A comienzos del año 2015, Daniel Orsanic asumió la capitanía del equipo argentino de Copa Davis. Hasta ese momento, se encontraba trabajando con jugadores juveniles. Su estilo se caracterizaba por el orden, la dedicación, el esfuerzo y el diálogo. Con esa impronta personal, comenzó a armar el equipo.

En un deporte en que los egos suelen ser desmesurados, a lo largo de dos años, Orsanic logró contener a todos los jugadores dentro de un proyecto integral, en el que también participaron los entrenadores y colaboradores de los tenistas. Sin imposiciones, logró alinear a todo el equipo a través de conversaciones claras, francas y constructivas.

Quizás no le tocó una camada de jugadores tan talentosa como las anteriores, pero sí logró generar un clima de compañerismo como nunca antes se había logrado en la Copa Davis. Con su lema un equipo, un país, un sueño, logró transmitir un espíritu de unidad, junto con una sana ambición de gloria.

Curiosamente, la Argentina no pudo lograr el trofeo teniendo más de un jugador entre los top ten del ranking mundial. Pero sí lo logra cuando ninguno de sus integrantes se halla dentro de ese lote privilegiado. A lo largo de todas las series, el mejor ranqueado fue Juan Martín del Potro, en el puesto 38º al momento de jugar contra Croacia.

Además del tandilense, utilizó a seis jugadores para las cuatro series, jugando siempre los que en el momento estaban mejor según la mirada del capitán: Leonardo Mayer , Guido Pella , Carlos Berlocq, Renzo Olivo, Juan Mónaco y Federico Delbonis. Nadie tenía comprado el lugar, y todos fueron decisivos cuando les tocó jugar.

A ese equipo ya cohesionado, se agregó la resurrección de Del Potro, que en menos de seis meses acumuló victorias heroicas contra los mejores del mundo, colgándose la medalla de plata en los Juegos Olímpicos.

La Argentina accedió al título tras vencer sucesivamente a Italia, Polonia, Gran Bretaña y Croacia de visitante, sin ser favorito prácticamente en ninguna de esas series.

Tras cuatro finales perdidas, parecía que la Argentina jamás iba a obtener este logro. En aquéllas ocasiones, contaba con jugadores más relevantes a nivel mundial, pero no se había formado el equipo, como sí sucedió en esta ocasión.

Este proceso nos lleva a recordar procesos igualmente exitosos, como los de la selección de fútbol de mayores en 1978 y 1986, los seleccionados juveniles de fútbol entre 1993 y 2007, la Generación Dorada del básquetbol, o los seleccionados de hockey femenino y masculino. En todos los casos, el resultado fue una consecuencia de procesos sostenidos en el tiempo, de convicciones, coherencia y continuidad, más allá de las dificultades y las críticas.

El deporte muchas veces nos brinda lecciones para la vida, tanto en lo personal, lo laboral o lo social.

Vivimos en una cultura que nos invita a perseguir el poder, la riqueza, la juventud, la belleza, el goce y la fama como objetivos exclusivos de nuestra existencia.

Con conciencia o no, terminamos creyendo que si no alcanzamos esos objetivos nos convertimos en fracasados.

Pero lo que hacemos, lo hacemos con dos propósitos: alcanzar un resultado determinado (el qué) y expresar a través de esa acción, cuáles son nuestros valores (los cómo).

La cultura nos propone ir detrás del resultado –fijado por ella- aún a costa de esos valores, que son propios y personales. Estos valores no son sólo los de carácter ético, sino los relacionados al método, el procedimiento, el camino para llegar.

Pero el éxito se vacía cuando sentimos que traicionamos aquéllo que consideramos valioso.

Distinguir entre el proceso y el resultado nos ofrece una mirada diferente. Podemos evaluar nuestros progresos analizando el grado de alineamiento entre los resultados previstos y los efectivamente alcanzados, siendo ésta la medida del éxito.

Nuestros resultados no son la manifestación de nuestros valores. Sí lo es nuestra conducta. Cuando somos íntegros, alineando valores y acciones, sentimos un legítimo orgullo. Y si las cosas no salen como queremos, o sentimos que el resultado es “injusto”, actuar con integridad nos ofrece una red de seguridad, formada por la paz y la dignidad que sentimos cuando dimos la mejor versión de nosotros mismos.

Pero además, a lo largo del proceso, la continuidad y la coherencia acercan la posibilidad de alcanzar ese objetivo inicial. Como ocurrió con el equipo argentino en la Davis. Paradójicamente, cambiar nuestra concepción del éxito puede acercarnos a él.

Claro que para ello, un elemento esencial es el tiempo. Si lo vemos como acuciante, es una amenaza que sólo nos genera ansiedad y frustración. Si lo concebimos como aliado, abrimos nuestro horizonte de posibilidades.

El éxito entendido como lo define la cultura depende de muchos factores, muchos de ellos fuera de nuestro alcance. En cambio, llevar a cabo un proceso de integridad, sí depende de nosotros al cien por ciento, y es fruto de nuestra libertad de pensamiento y de decisión.

Actuar íntegramente no siempre define un partido, pero siempre define nuestra identidad. Nos dice quiénes somos.

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