29/2/12

¿Llegar…qué es llegar?

Con motivo del partido entre Boca Juniors y Central Córdoba de Rosario, por la Copa Argentina, escuché un delicioso reportaje radial hecho por el periodista Enrique Sacco al máximo ídolo del equipo charrúa, Tomás Felipe Carlovich.

Nacido en Rosario en 1949, El Trinche, es considerado por Diego Maradona, José Pekerman, César Luis Menotti y Carlos Timoteo Griguol, entre otros, como uno de los mejores jugadores argentinos de todos los tiempos.



Jugó en las inferiores de Rosario Central, debutando en primera división en 1969, participando en sólo dos partidos. Luego pasó a  Central Córdoba, el equipo de sus amores, en el que jugó en varios períodos hasta su retiro en 1986, consiguiendo dos ascensos en 1973 y 1982.

En el medio jugó tres partidos en Colón de Santa Fe y algunos más en Independiente Rivadavia y Deportivo Maipú de Mendoza. Con los azules jugó contra el Inter de Milán, ganando 3 a 1, en una de sus mejores actuaciones.

También jugo en Newell’s Old Boys de Cañada de Gomez, en el año 1984.

Su partido más recordado fue semanas antes del Campeonato Mundial de 1974, en Rosario, frente a la selección argentina que se hallaba por viajar a Alemania. Carlovich jugó para un combinado rosarino, integrado básicamente por futbolistas de Rosario Central y Newell’s Old Boys. Ese año, los leprosos salieron campeones metropolitanos y los canallas, subcampeones de Newell’s y de San Lorenzo, campeón nacional.

Dirigidos por Carlos Griguol y Juan Carlos Montes, los rosarinos le dieron un humillante baile al seleccionado argentino, dirigido por Ladislao Cap. Mario Kempes, Mario Zanabria, Alfredo Obberti, Mario Killer y Carlos Aimar brillaron esa noche, pero la figura de la cancha fue Carlovich. Tras el primer tiempo, en que los locales goleaban 3 a 0, Cap pidió que sacaran a Carlovich de la cancha. Así se hizo a los 10 minutos del segundo tiempo, y el partido terminó 3 a 1.

Todos los que lo vieron coinciden que El Trinche era un jugador de un talento extraordinario. Dueño de una capacidad increíble para controlar la pelota con cualquier parte de su cuerpo (pies, rodillas, hombros, pecho..), gambeteaba como pocos, y tiraba caños en cualquier situación del partido. Más de una vez, lo hacía dos veces seguidas en la misma jugada (lo tiraba y cuando el jugador volvía, lo volvía a tirar). Incluso, en un par de encuentros, se sentó sobre el balón en medio del partido, algo que según sus propias palabras, lo hacía para descansar, no para burlarme. En Central Córdoba jugó de “5” y en los otros equipos de “10”.

Físicamente era lento, pero mentalmente rapidísimo, lo que le permitía dar pases-gol con una notable precisión.

No hay videos que hayan registrado sus hazañas. Para recordarlo, hay que recurrir a la memoria de quienes lo conocieron. El tiempo quizás deforme su silueta, pero no pasó inadvertido para sus compañeros, hinchas, técnicos, rivales…

Comparándolo con jugadores más conocidos por los aficionados del fútbol actual, tenía algo de Fernando Redondo o de Juan Román Riquelme, pero el cotejo no alcanza para definirlo. Para los viejos rosarinos que lo disfrutaron, fue único e incomparable.

Pero no pudo, no quiso o no supo ser un verdadero profesional. No entrenaba con regularidad, ni aceptaba las indicaciones de los directores técnicos más exigentes. Pese a que él hoy lo niega, testimonios coincidentes señalan que no se cuidaba, pasaba las noches con amigos y mujeres en los boliches, y tomaba alcohol. Tenía un carácter extraño: era solitario y tímido, y frecuentemente se ausentaba sin conocerse adónde había ido.

En 1992, cuando Diego Maradona fue contratado por Newell's y un periodista destacó que la ciudad recibía al mejor jugador del mundo, le respondió El mejor jugador ya jugó en Rosario y es un tal Carlovich.

Cuando la revista XXI hizo una encuesta sobre los mejores futbolistas de la historia, José Pekerman no dudó en elegir a Carlovich como el futbolista más maravilloso que ví.


César Luis Menotti lo convocó para jugar en la selección argentina en 1975, cuando armó un equipo con jugadores santafecinos, que representó al país en la Copa América. Carlovich respondió yéndose a pescar. Hoy dice no recordar el hecho.

Carlos Griguol lo consideró un fenómeno, pero no le gusta el sacrificio, por eso no triunfó. Jugaba conmigo en Central y prefería irse de caza o de pesca. ¡Qué lástima!


Su paisano Roberto Fontanarrosa, decía que El Trinche anticipó cosas que después se le vieron a Claudio Borghi. Coincido en que fue uno de los mejores jugadores del país.

A los 56 años, le implantaron una prótesis en la cadera derecha por una osteoporosis y necesitó de la ayuda económica de periodistas, fanáticos y amigos para encararla. Desde ese momento, no está en condiciones de patear una pelota.

¿Por qué no llegó más lejos? El responde: Llegar... ¿Qué es llegar?. La verdad es que yo no tuve otra ambición más que la de jugar al fútbol. Y, sobre todo, de no alejarme mucho de mi barrio, de la casa de mis viejos donde voy casi todas las tardes, de estar con el Vasco Artola, uno de mis mejores amigos.

Con gran modestia, rechaza todas las cosas que se dicen de él, indicando que era un jugador normal. Por razones que no explica, cuenta que estuvo cerca de irse a jugar a Francia y al Cosmos de Nueva York al lado de Pelè, pero que no pudo ser.

Hasta hace poco fue manager de Central Córdoba, pero dejó el cargo. Hoy tiene una escuelita de fútbol en Punta Chacra, un barrio ubicado en Roldán, a 20 kilómetros de Rosario.

Tuvo el don, pero no pudo, no quiso, no supo. Sinónimos, al fin y al cabo. Bohemio, talentoso, irresponsable, humilde. Un tipo que –por sus contracaras- sólo pudo haber nacido en la Argentina. Un hombre libre, y a la vez, un desperdicio. Un privilegiado que eligió disfrutar como un niño de su juguete preferido, la pelota. ¿Alguien puede reprochárselo? Quizás él mismo.

Jorge Valdano dijo de él: es rosarino…y ser rosarino es una forma exagerada de ser argentino.

Buenos Aires, 29 de febrero de 2012

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