6/1/12

Crisis asociativa

Estamos en un momento de crisis en las relaciones interpersonales. Vivimos en un sistema político, económico, social y cultural que nos lleva al individualismo y al aislamiento.

Los medios de comunicación, Internet, las redes sociales, etc. nos crean un falso clima de comunicación, ya que estimulan que cada uno se quede en su casa, sin salir y relacionarse en forma personal. Cliquear “me gusta” va reemplazando a una sonrisa o una palmada en el hombro.



La cultura predominante estimula la satisfacción inmediata del interés personal de corto plazo, desmereciendo todo concepto de bien común, como si las personas pudiesen vivir totalmente aisladas entre sí.

A la vez, reduce el concepto de “interés personal” a los asuntos referidos casi exclusivamente al consumo de bienes materiales. No entran en esta idea los afectos, la salud o la producción.

Potencia el miedo, la búsqueda de una imaginaria seguridad, la ausencia total de riesgos.

Ello genera dificultades para armar parejas, formar nuevas familias, encontrar sociedades, integrar ONGs, consolidar amistades.

El ser humano no puede desarrollarse solo. Fue creado en sociedad, para servirla y servirse de ella. La interacción social es la mejor forma de desarrollo personal.

Para ello es necesario restaurar el valor del compromiso. La destrucción del mismo es la forma más efectiva de consolidar una sociedad de autistas, fáciles de domesticar para el estado y el mercado.

En todos los aspectos, comprometerse no es una pérdida de la libertad, sino una afirmación de ella. Sólo podemos elegir el compromiso con una persona, un ideal o un proyecto cuando somos enteramente libres. Por el contrario, quien no puede hacerlo, es esclavo de sus miedos, sus prejuicios y su baja estima.

Se confunde compromiso con atadura. El primero es un vínculo construido para el bien común de los que lo asumen. En cambio, la atadura es un lastre que se carga para no crecer ni avanzar en el camino de la vida.

Otro valor a restaurar es el de la confianza. Sin ella, no hay compromiso posible. La confianza es una avenida de doble mano: es necesario ganársela con una conducta, pero también es necesario depositarla en alguien o algo. Confiar es arriesgarse. Los miedosos no creen. El miedo es la contracara de la fe.

En todos los órdenes de la vida, no hay éxitos sin asumir riesgos razonables, sin confiar en alguien, sin comprometerse con personas, objetivos o ideales. El éxito en soledad no existe ni es útil.

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