11/6/16

Decir que no



por Mariano Rovatti

 A todos nos cuesta decir que no. Muchas veces, aceptamos situaciones, propuestas o imposiciones que no deseamos, o percibimos que no nos convienen, y sentimos un impedimento interior para decirle “no” a ellas. Quizás, porque todos buscamos ser queridos o aceptados, y sospechamos que el “no” nos aleja de esa posibilidad.



Cuando sí logramos decir “no”, estamos declarando con autoridad, afirmando nuestra libertad y nuestra dignidad. Aunque suene paradójico, el “no” fortalece nuestra autoestima.

 Decir que no es ejercer un derecho inalienable, a poner los límites que juzgamos necesarios para el desarrollo de nuestra personalidad. Cada vez que sentimos el deseo o la necesidad de decir que no, y no lo hacemos, percibimos que nuestra dignidad está comprometida. Cada vez que accedemos a peticiones inconvenientes, nos castigamos. Aunque salgamos del paso, disminuyendo la tensión y la incomodidad que implican decir que no, no podemos evitar la sensación de derrota.

Cuando sí lo logramos decir, el "no" se convierte en un bastión de nuestro respeto por nosotros mismos, y el que podemos ganarnos de las demás personas. La habilidad para decir que no, marcará cómo serán nuestras relaciones de pareja, amistad, familia o trabajo.

 Hay un rincón en nuestro ser, en donde habita la rebeldía contra la sumisión y la pleitesía. Allí crece el respeto por nosotros mismos, que activa la posibilidad de decir que no.

 Para decir que no, no hace falta ser agrios o agresivos. Se puede poner límites con delicadeza y hasta con una sonrisa. El humor es un recurso muy útil para vestir un “no” que de por sí puede resultar antipático.

Aunque en teoría, el “no” es una de las declaraciones fundamentales, y no necesita explicación alguna, hay veces que dar argumentos de ese “no”, facilitan su aceptación. También es bueno ofrecer alternativas que acompañen ese “no”. Todo ello, siempre y cuando ese “no” haya sido claro, y directo.

Y lo haya sido primero para nosotros, para luego poder transmitirlo a los demás con la misma claridad, sin dejar dudas ni falsas esperanzas.

Cuando aprendemos a decir que “no”, aprendemos también a decir que “sí”.

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